El Reino De Jordania, Con El Sueño De Petra (3D/2N). Enero 2015

El único objetivo que tenía en mi plan de visitar Jordania era ir a Petra, que a esas alturas ya se había convertido en una de mis postales más anheladas. Desde ya puedo decir que el reino me sorprendió gratamente con los otros sitios que pude visitar:  harta historia, como en Jerash y mucho paisaje más allá del conocido Wadi Rum, como los caminos al valle de Arabah, al cual además lo encontré muy parecido a algunas partes del norte de Chile...  bendita sea mi ignorancia !



El viaje lo hice saliendo de Jeruselén, en un grupo pequeño y en español, lo que facilitó mucho la salida y entrada a Israel, como ya había explicado en los post anteriores es muuuuy engorrosa, de hecho a la vuelta uno de  nuestros compañeros de grupo no logró pasar, los demás, pasamos de uno en uno a la revisión de pasaportes y de escaneo de equipaje, además de la ronda de preguntas sobre destino, origen, y objetivos del viaje, que ya se hacía tediosamente usual.

La primera parada de este recorrido fue la llamada Roma de Jordania,  que es el asentamiento de Jerash, donde convivió en total armonía el mundo romano junto con oriente árabe, y que se convirtió en su época en una de las diez ciudades más importantes del imperio (Decápolis de la frontera oriental), superada en fama solo a partir de la construcción de Palmira en Siria.

Nos recibió el arco de Adriano, que preside el sitio desde el año 129 d:C. .


Luego entramos de lleno al asentamiento romano mejor conservado de oriente próximo, impresionante por su cabida y por su estado, que se debe a haber estado cubierto por arena durante largo tiempo, hasta que en su descubrimiento en 1920.

La plaza oval está rodeada por 56 columnas impecables, donde se puede hacer una impresión de la enormidad del lugar; nosotros estuvimos solos como grupo, y se sentía inmenso y calmado no obstante estar situado en medio de una ciudad más moderna. 



Desde ahí se avizoraban varios templos, que no visitamos en honor al tiempo. 



Visitamos también el teatro norte famoso por su excelente acústica. Nuestro guía nos animaba a pararnos en el centro y cantar o recitar: resonaron estrofas de los himnos nacionales de España, Canadá, las primeras frases del Quijote y una canción de Celine Dion entre los integrantes del grupo, y luego aparecieron los artistas locales que con percusión y gaitas, confirmaron la limpieza del sonido y de la amplificación. 



Lindas fotos, previo tip, por supuesto ...


Continuamos hacia el Cardo Máximo con sus 800 metros de columnas y en cuyos lados alberga varias capillas, y un camino de adoquines que incluso, como Pompeya, tiene las ruedas de los carros de caballos marcados por el tránsito.


Las columnas eran muy lindas y decoradas con flores y plantas, como nos explicaba el guía.



Terminada nuestra visita, rápida como toda visita grupal para un sitio que bien valía el doble del tiempo invertido, nos trasladamos a Amman, la capital del Reino, que resultó ser bien caótica, pero a la vez simpática, aunque se sabe solo lugar de paso (me refiero en el ámbito turístico).


Jordania, con su halo más pacífico que sus vecinos, ha sido receptiva con los inmigrantes y refugiados de países en guerra, de hecho se estima que un tercio de su población sea extranjera, primero los Palestinos, luego provenientes de Iraq y últimamente de Siria, lo que deja estas tristes imágenes de refugiados, que parten el alma y una crisis como la del agua que es imprescindible atender.


No me puedo acordar cómo se llamaba el hotel donde nos quedamos en Amman, pero sí que estaba situado en la orilla de una calle gigante. 



Como estaba lloviendo decidí quedarme ahí, comer en el buffete (incluido), comprar ahí (en la galería adjunta habían joyas de plata muy bonitas) y tomar un masaje corto, caro, pero de buena ejecución y leer al lado de las lindas chimeneas a gas, que hacían todo "cozy", como decía el concierge.



Al día siguiente partimos temprano a recorrer los 245 kilómetros que nos separaban de Wadi Musa, el asentamiento más cercano a Petra, previas paradas de compras, recorrimos tranquilos las 3 horas casi que dura el trayecto.


Llegamos al Centro de visitantes ya expectantes de encontrarnos con una de las siete maravillas del mundo moderno, y Patrimonio de UNESCO desde 1985, pagamos la entrada, de casi 50 euros, que vale cada peso e ingresamos. 


Petra fue la ciudad capital del reino de los Nabateos, que tuvieron su apogeo entre el siglo VI a.C y II d.C, siendo parte además de la rica e importante Ruta de la Seda. Su nombre Petra, viene de Piedra, dado que está cavada en roca y rodeada de pasajes y pasadizos, que le valen la fama de ser de los sitios arqueológicos más relevantes del mundo.

Nada más ingresamos y se revela el paisaje que es a la vez de ciencia ficción, pero con tintes de aventura estilo Indiana Jones de Harrison Ford (ahora reparo que también parece Star Wars, donde también figura en el reparto), pero además parecido a mi querido desierto de Atacama.

El primer kilómetro y medio lo recorrimos a caballo, a paso suave, que permitía no perderse detalle de lo que estaba pasando. Dada la emoción y ansiedad por encontrarme ahí, no fue opción para mi caminar. 



La segunda parte, ya sin caballo, se realiza caminando a través del cañon de Siq, también de 1 kilómetro de longitud, rodeado por paredes de roca, de formación tectónica, que llegan a medir más de 80 metros, y que va serpenteando y adelgazando cada vez más hasta llegar a la última vuelta que permite avizorar la postal más buscada de este viaje.



Cada integrante del grupo, cada uno a su ritmo, encontró el momento en que literalmente el tesoro se descubría ante uno. (En ese minuto había mucha gente, pero de regreso, no había nadie)

El Tesoro o Al-Khazneh, corresponde a la fachada de la tumba de un rey Nabateo, del siglo I d.C, y que se erige sobre 43 metros de altura, y es impresionante, no solo por su cabida y su bellísimo color, si no por la perfección de sus formas, en especial de las columnas.



Como todo lugar turístico por excelencia, siempre hay sitio para la turistada, como posar con los guardias del imperio o con los simpáticos camellos, o en mi caso, con sus dueños.






Caminamos sobre la calle de las fachadas, yo muriendo por un café, y mi grupo por andar en burro, quienes nos aproximarían a la siguiente parada imperdible.  Para mi montar en este tipo de sitios siempre es una encrucijada viajera, me preocupa mucho el trato que le dan los dueños a los animales y que no esconda explotación o maltrato, que no vi, pero mi mala forma me impidió en esa ocasión tomar la decisión correcta, además en honor al tiempo, dado que recorreríamos el sitio en un día debiendo haber sido en dos jornadas que es lo ideal. 



La subida al Monasterio es de 800 escalones, y tarda caminando un poco más de una hora. Mi burrito y mi guía, por el contrario aseguraban hacerlo en un poco más de la mitad. Decidí subir en burro y bajar caminando, a pesar de haber pagado el trayecto round trip, mi joven y simpático guía me acompañó igual de bajada, curioso sobre la idea y solo para mirar qué hacía, y asesorarme en alguna compra.


Al igual que el cañón de Siq, el camino al Monasterio o Al-Deir era sinuoso y muy estrecho, pero esta vez en subida, lo que le daba aún más solemnidad al camino, 


Una vez arriba de nuevo la sensación es de quedarse sin aliento. El monasterio es hermoso, y al ser la explanada más grande que la del tesoro, y limitar este con el cielo, se puede apreciar mucho más su cabida y su forma. La piedra a esa hora estaba completamente iluminada por el sol del atardecer lo que contrastaba en forma impactante con el azul potente del cielo.


Inicié el descenso y paré en cuanta tienda había, cada uno de los vendedores dedicaba una pregunta, una sonrisa, ofreciendo sus productos, pero en forma amena, al menos conmigo. No tenían problema en que les sacara fotos, aun cuando no comprara más que un detalle, más agradecida yo de la imagen y la conversación que de la "mercancía".



Y ya de bajada, se podía apreciar el desfiladero y de lo complejo del camino.


Con la calma del regreso, ya me empezaba a fijar en los demás edificios y tumbas y de lo entretenido que se va haciendo el camino, ya con la tranquilidad de haber visitado los dos puntos más importantes, impresionantes y mejor conservados del sitio.


Así recorrí la vía columnata, desde donde se obtienen las más lindas vistas hacia la Tumba Corintia y a la Tumba del Palacio, donde por razones de tiempo ya no intenté siquiera acercarme.


De salida, luego de posar con todos los niños que habían, que me indicaran best spot a cambio de un tip, sucedió lo impensado, todo se vació, y quedamos solo los más porfiados, aunque el Tesoro estaba ya ensombrecido, estar casi sola ahí, fue igualmente un regalo.


La salida fue esta vez caminando, así que en calma me fui fijando también en la belleza del camino y de las edificaciones que había ignorado, en la ansiedad de la mañana, cuando iba rauda en mi caballito a encontrarme con las joyas del lugar.



Ya cumplido mi sueño, fui conducida al hotel seleccionado, no el más barato, pero tampoco el más caro. El elegido Panorama Hotel, que fue bueno solo por las hermosas vistas del atardecer y el amanecer, pero nada más que eso. Primero, porque está en la mitad de la nada y tiene solo restaurante, segundo porque no tenía Internet (dijeron que estaba malo) y tercero, porque su gran cabida no permite calefaccionarlo, y a pesar que la habitación estaba perfecta, los pasillos estaban gélidos en la noche.



Entonces o moría de aburrimiento, porque si bien estaba cansada aún estaba entusiasta por la visita, o invertía los 15 Usd del taxi y partía de vuelta al pueblo y eso hice.  

Mi joven taxista me condujo raudo al pueblo, a la vez que me ofrecía ir a ver las estrellas al desierto, lamentando que hoy no estuviera abierto el espectacular Petra de Noche, donde se ilumina todo la explanada ante el Tesoro con cientos de velas. Me dio su teléfono para conducirme de regreso al hotel.

En cambio me instalé en The Cave, el bar del hotel Crowne Plaza, que tampoco tenía Internet, pero estaba cerca de la plaza donde había free wifi. 

El bar es muy bonito, está emplazado en una cueva nabatea, donde se instalan las mesas donde supuestamente estaban los nichos. Superstición más o menos, yo me senté en la barra, donde mire todo el rato como los bartenders preparaban los narguiles, y me daban, presumiendo mi curiosidad, para oler cuanto tenían, curiosos a su vez con esta rara situación mujer sola en bar en país musulmán. Como tal, además el alcohol estaba a precio de oro, pagué como 15 usd por un "shotcito" de vodka con tónica, obviamente no hubo repetición, aun cuando la banda en vivo estaba muy entretenida, al igual que la conversación con el guía del hotel vecino que hasta es mi amigo Abdullah (www.abdullah-privateguide.com)

Al día siguiente, desperté temprano solo para admirar el color de las piedras al amanecer, pero no fue suficiente para justificar la mala elección del hotel.




La ruta diseñada para el tercer día, comprendía viajar de nuevo hacia el norte y recorrer los 220 kilómetros que nos separaban de la ciudad de Madaba, donde emprenderíamos retorno a Jerusalén. Las carretera de doble vía me recordaban nuevamente a Chile y el desierto a cada momento.


Y también permitía recoger algunas postales.


Tres horas más tarde llegamos a Madaba, también llamada la ciudad de los mosaicos, donde hay resabios de algunos del siglo VI d.C.


Visitamos la iglesia de San Jorge donde se encuentra el mapa completo de Tierra Santa y otros con las imágenes del Nuevo Testamento.


Luego de finalizada la visita nos movimos al lugar donde los artesanos se encontraban trabajando en escenas más actuales, y comparten felices algunas palabras con los curiosos que van entrando y saliendo. 



Saliendo de ahí nos movimos 10 kilómetros y llegamos al Monte Nebo, volviendo a las claves de lugares bíblicos, como los días anteriores en Israel, y de los cuales había descansado parcialmente en estos plácidos días en Jordania.

En ese sitio se sitúa la Basílica de Moisés y su tumba y su importancia radica- y por eso que también es centro de peregrinación- porque aquí se le habría revelado la tierra prometida Canaá, compuesta por el vasta tierra que comprende el mar muerto, Jericó y Jerusalén, lo que indica la placa con ubicación y dirección, aunque desafortunadamente, ese día nublado no se veía absolutamente nada.



Ya terminada esta visita a Jordania, feliz y agradecida por haber cumplido otro sueño de visitar la maravilla de Petra y sus alrededores, regresaríamos cada uno a su ciudad en Israel, previa espera eterna en la frontera, donde revisión de maletas y de pasaporte, se quedó uno del grupo por haber excedido el tiempo de permanencia permitido a los turistas, los demás en parte  se quedó en Jerusalen, donde además recuperé mi maleta que había quedado en custodia, y otros nos fuimos a Tel Aviv, a vivir el Israel más secular y moderno. 








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